LA CRIANZA DE LOS HIJOS. BERRINCHES Y LÍMITES
Lic. Mariela Cerioni

 

Muchos padres están interesados y con mucha necesidad de encontrar un espacio para poder hablar sobre los comportamientos de sus hijos. La preocupación mayor: los caprichos, berrinches y cómo poner límites a los niños. En el contexto de charlas para padres (específicamente en el jardín maternal en el que soy asesora) esta temática genera un ámbito de apertura e intercambios. La idea es reflexionar sobre estos temas que nos preocupan a todos los padres en nuestra tarea de criar a los hijos. Expondré a continuación un resumen de este encuentro:

El objetivo de la charla fue dar un significado a estos comportamientos, que son muy comunes en la primera infancia, y analizar las diversas intervenciones que, como padres o educadores, utilizamos para poner límites y disciplinar a los chicos. Desde este objetivo se intentó dar participación a los padres. Se remarcó reiteradas veces, que aunque como padres nos gustaría que nos dieran una orientación, receta o consejo específico de cómo actuar en cada situación, la única intervención genuina y valedera es aquella que podemos hacer comprendiendo la situación particular y contemplando nuestro propio carácter y el de los hijos, quienes no responden de igual manera ante las medidas disciplinarias o los límites. Se planteó así un marco de reflexión y comprensión, lejos de la intención de dar consejos o recomendaciones. Los consejos y las indicaciones no nos suelen servir, cada situación es particular y hay que estar inmersos en ellas para saber cómo actuar.

1.CAPRICHOS Y BERRINCHES: EL CHANTAJE AFECTIVO

Nuestros sueños y expectativas cuando esperamos un hijo nos llevan a atribuirles toda clase de perfección y pensarlos lejos de todo sufrimiento. No obstante, el niño nace con un carácter que con el tiempo y las experiencias se va desarrollando. No podemos creer que siendo bebé muy pequeño se entrene para conseguir lo que quiere llegando a parecerse “un pequeño déspota o tirano”. El bebé va desarrollando su capacidad de dominar los aconteceres cotidianos y es mucho más despierto de lo que lo que parece y a medida que va creciendo en la rica interacción con los que lo rodean se va haciendo una idea de qué, cuánto y cómo debe sentir ante cada tipo de acontecimiento. Así aprende que cuando llora lo levantan en brazos, o le dan de comer, o lo acunan, etc. Lo que en este desarrollo se nos pierde de la cuenta es que el niño también se va entrenando y aprendiendo a conseguir lo que quiere a través del sufrimiento. Esto se denomina chantaje afectivo o extorsión melancólica.

Una vez que el niño ha aprendido que si llora obtiene muchas veces lo que quiere, los padres ya alertados de la situación, intentamos revertirla. Muchas veces el niño llora intensamente “logrando salirse con la suya”. Algunas veces los padres angustiados y enojados porque el niño no cede puede que lo levantan e intentan calmarlo en el medio de las protestas, pero sienten que lo están malcriando y que no pueden ponerse firmes como padres. De esta manera, por un lado suelen sentirse fracasados por no poder mantener la decisión. Por el otro el bebé se alivia, pero percibiendo el malestar de los padres se siente culpable. La situación se vuelve a repetir una y otra vez y el sentimiento de fracaso y de culpa va en aumento. El niño perfecciona sus reclamos, ha aprendido que para obtener algo debe ganarlo con sufrimiento y que cada vez que esto ocurre “se sale con la suya”, independientemente de lo que quiere lograr. Si lo logra siente que ha sido inmerecido. Si fracasa en salirse con la suya, se siente estafado porque verdaderamente ha sufrido y no ha sido compensado. Se hace un círculo vicioso que no se puede parar. Así es como logra hacer grandes berrinches o pataletas. A veces como padres empezamos a generar mensajes contradictorios: no acceder enseguida para no consentirlo pero tampoco frustrarlo definitivamente por el temor a que sufra demasiado.

Otra cuestión que sucede en este proceso es que el niño suele confundir los ideales con las necesidades y se comporta como si le fuera imposible seguir viviendo sin obtener lo que anhela y por lo general los berrinches no se generan por necesidades vitales, sino por desear objetos o por concretar gustos que no tienen relevancia.

Entonces podemos decir que: un berrinche o “pataleta” es un mecanismo con el que el niño busca satisfacer un gusto sin una motivación justificada. Cuando esto ocurre, anhela –por encima de cualquier consideración razonable– que se haga su voluntad. El deseo del niño de que las personas satisfagan su voluntad a toda costa, es lo que se conoce como “capricho”.

Ya más grande el niño se ha entrenado para utilizar la extorsión. Muchas veces aprende a chantajear verbalmente, amenaza con retirar el cariño, e incrimina a los padres de malos, poco compresivos y faltos de amor hacia él o se niega a hacer lo que le piden. De esta forma hacen tambalear la firmeza de los padres. Esta cuestión se complica cuando existen desacuerdos entre los padres sobre el modo de educar y exigir a los hijos. Los niños son «ojo avizor” para sacar ventajas.

2. LA DISCIPLINA Y LOS LÍMITES

Llegando a las situaciones descriptas los padres cada vez nos sentimos más desorientados. Nos preguntamos ¿Cómo salir de la situación?

El convencimiento interno de los padres acerca de lo que pretenden del niño es fundamental para un verdadero cambio de la situación. Es necesario observar que el niño, por lo general, insiste para conseguir algo simplemente para “salirse con la suya”.

La tarea de enseñar a los hijos a comportarse de acuerdo a las normas del medio en donde viven es un largo proceso que comienza desde muy pequeños cuando tienen que dominar sus propios deseos de hacer lo que quieren. Esto es necesario para poder convivir, respetando a los demás. A través de los límites les estamos diciendo que hay cosas que se pueden y que hay otras que no, que muchas veces tiene que esperar y que no todo es “YA”.

Los límites significarán el primer organizador de su vida. Son reglas que regulan el comportamiento. Las confusiones acerca de la puesta de límites siempre abordan el cuestionamiento de los padres acerca del temor de frustrar a los hijos. Con respecto a esto es necesario aclarar que si bien un monto muy grande de frustración es malo, lo es también la falta total de frustración. La capacidad de ir enfrentando creativamente la frustración es lo que permite crecer. A un niño al que nunca se le pone límites y se lo deja hacer lo que quiere, no le estamos enseñando que la vida es difícil y que para conseguir lo que mínimamente vaya queriendo va a tener que sobreponerse a dificultades que se le vayan presentando y que muchas veces no va a lograr totalmente lo que quiere.

Enseñarle a los niños a internalizar normas le ayuda a autodominar los impulsos, a enfrentarse con los propios deseos, cuestión más que necesaria, sino seríamos esclavos de ellos.

Es necesario que como padres maduremos en nosotros mismos las normas o reglas que queremos transmitir, para poder dar el ejemplo y actuar con seguridad: qué le vamos a permitir, qué no toleramos, a qué edad esperamos tal o cual cosa; preguntarnos nosotros mismos qué es lo que queremos y esperamos de ellos; ver si nosotros mismos podemos respetarlo. Disciplinar a los hijos es un proceso continuo y muy lento y por lo tanto necesita de la paciencia de padres y maestros.

Poner límites no es solo una actitud necesaria para que el niño domine sus impulsos, es también una actitud de amor y cuidado ante los peligros que el mundo le pone a los niños. Si tomamos conciencia, podemos darnos cuenta que ante los peligros no dudamos en poner límites ¡Nuestros hijos están en riesgo! ¿Por qué no pensar igual ante las otras situaciones? Parece que frente a otras situaciones nos ponemos más dudosos… y ahí se producen los caprichos y los berrinches. Cuando el adulto duda ante el NO que pone, los chicos responden de esta manera, “portándose mal”, angustiándose.

Castigos y premios

Cuando intentamos poner límites, lograr ciertos comportamientos en los niños y no lo logramos solemos recurrir como padres a castigos o premios. Veamos cómo actúan en el niño nuestras determinaciones.

Castigos:

Lo que intentamos castigar es una falta: una conducta contraria a los valores que se quieren transmitir. Los castigos son sanciones, por lo general dolorosas, en donde se quiere lograr una reflexión moral que conduzca a un cambio en el comportamiento. Lo que suele pasarnos es que esas sanciones saben estar desvinculadas del acto o mal comportamiento que el niño ha realizado. Por eso, a veces no nos sabe dar los resultados esperados castigar a los niños, ya sea corporal o emocionalmente. Esto se debe a que el niño no entiende por qué tiene que sufrir un castigo que considera injusto, entonces tiene la vivencia de haber sido atacado, no comprendido. El reto o la penitencia es una forma de castigarlos por lo que hicieron que no siempre los ayuda a entender. Solo los para por un rato.  De allí se deriva enojo y resentimiento y el sentimiento  de haber sido humillado o vencido y rechaza, en lugar de internalizar, lo que se le está transmitiendo.  Por lo tanto el castigo a veces, hace que los niños se nos pongan en contra.

Un ejemplo del castigo desvinculado al mal comportamiento podría ser: no le dejamos ver tele porque le pegó al hermanito. Es importante que el castigo pueda llevar a reparar y resarcir la mala conducta. En este ejemplo sería que el niño repare su conducta, restaure la relación con el hermano.

También existe el castigo anunciado, por ejemplo, advertirle al niño que si sigue con el comportamiento que está teniendo, se le va a dar una penitencia. Esto es un acuerdo previo. El niño en estos casos asume una responsabilidad. Sabe que si continua su comportamiento será reprendido. Es él quien elige.

Frecuentemente nuestras palabras no son suficientes  para que el niño rectifique su comportamiento. No obstante debemos ser conscientes que somos el objeto de amor más importante para ellos y que la vivencia de perder nuestro amor y cariño los angustia demasiado. Cuando les pedimos que “desaparezcan de nuestra vista” y esto responde a nuestra frustración y enojo real por su mal comportamiento, al niño le resulta muy penoso. Esto les hace tomar conciencia de la necesidad que tiene de los padres y lo llevará a tratar de recuperar su cariño.  La orden de que desaparezcan de nuestra vista cuando es el resultado de nuestros verdaderos sentimientos, no es un castigo, aunque el niño suele experimentarlo así.

A veces nuestras buenas intenciones de cambiar la actitud del niño, se desvanecen cuando, por la culpa que sentimos, les decimos que ya pasó… que los queremos o nos retractamos con lo que le hemos dicho. Otras veces no actuamos acordes a lo que sentimos sin expresar enojo pero el niño percibe nuestro gran enfado. Si el papá o la mamá le expresan al hijo su enojo y la razón del mismo y le aclaran lo que le permiten y lo que no, les frenan sus impulsos agresivos o dañinos. Tanto los padres como los niños, cuando tratan de resolver de alguna manera el problema sienten alivio y por ello se reinstaura la sensación de bienestar entre ellos.

Premios:

Los premios muchas veces nos ayudan a lograr ciertos comportamientos que esperamos de los chicos. No obstante, premiar connota un riesgo. En la medida que premiamos ciertas conductas positivas que esperamos de los chicos, propiciamos que sólo se comporten de la manera esperada para recibir el premio. Los niños aprenden de esta especie “compra-venta” de conducta.

Por ejemplo: le damos al niño un premio por buena calificación o comportamiento. El niño deja de vincular que su comportamiento es el  apropiado o el esperado a su edad. Así no aprende a distinguir lo correcto de lo incorrecto. Aprende a cobrar por su conducta. Como padres, de esta forma también chantajeamos o sobornamos a los hijos. Puede que el niño se confunda y no aprenda los valores que intentamos transmitirles. Enseñarle buen comportamiento o a obtener buenas calificaciones tienen valor por sí mismo.

A veces pensamos: es que se lo ganó, se lo merece!!. No debemos confundir un premio de un regalo. Los regalos no se condicionan. Otra cosa es que tengamos como padres reconocimientos verbales: como “felicitaciones”, no es necesario dar discursos, también podemos estar agradecidos y reconocerlo.

Lo más importante sería obtener conductas basadas en valores y no en premios o castigos.

3. UN CAMINO POSIBLE

Una razón de ello es porque se nos hace muy difícil ponernos en el lugar del hijo, identificándonos con lo que siente, porque no es fácil recordar los que nos pasaba a nosotros cuando éramos niños. En nuestra forma de actuar como papás influyen nuestras experiencias pasadas como hijos. Si podemos recordar lo que sentíamos podríamos darnos cuenta del dolor que siente nuestro hijo, dolor que se oculta detrás de sus rabietas queriendo demostrarnos que es autosuficiente. El niño sufre como también nosotros sufrimos.

Como papás siempre quisiéramos ser buenos, cariñosos, comprensivos, pero a veces ante situaciones de crisis esto se nos hace imposible. Perdemos la paciencia por lo que el niño hace o no quiere hacer. No entendemos por qué es tan caprichoso, por qué nos hace pasar vergüenza adelante de la gente, rompe los objetos, nos pega puntapiés o puñetazos o lo hace con algún hermano. A veces podemos soportar esto sin perder el buen humor y otras veces nos sentimos hartos del comportamiento aunque sea típico de la edad del niño, porque nos desalentamos y decepcionamos. Esto es porque a veces tenemos como ideal ser padres “siempre acertados, sin falencia, sin dudas” y a su vez nuestros hijos fantasean tener padres “que sepan todo, que puedan todo, que den todo”. Esto es lo que nos lleva a desalentarnos y decepcionarnos: ver que no podemos ser como desearíamos. Lo más cariñoso y comprensivo es no esperar del otro que sea ideal.